Blanco de Plomo quiere ser un espacio para los amantes del Arte... un espacio para los que se dejan cautivar por las pequeñas pinceladas... para los que son capaces de ver más allá de lo que ven... para los que al contemplar una pintura, alzar la mirada ante un edificio testigo de la Historia o rodear una escultura, vislumbran el otro entre el tiempo y el instante.
No se si es casualidad o causalidad que aunque la noche nos envuelva en miedo e inseguridad podemos encontrar pequeños (y grandes a la vez) reflejos de magnificencia en medio de la oscuridad envolvente... callejones que nos pierden, rincones de inhospitos vaivenes... empedrados que no te dejan caminar... ir... ¿hacia donde?... venir... y de pronto... ¡encontrar! La retina de la memoria no da credito al espectáculo que surge de la peña... está ahi, con el paso de los siglos te la encuentras tal y como inspiró a los poetas, igual de codiciada... no puedo quitarme de la mente el reflejo, la luz, el color, el reflejo, el encuentro... olor a historia, sabor húmedo de un espacio mágico... y todo, en medio de la casual o causal noche...
Es que hay cosas que siempre quedaran inmortalizadas para el ser... cuando nace una estrella, ésta, se inmortaliza para siempre y siempre la recordarás como los campos de oro de Saint-Exupéry o como en el viento que viene del oeste... cuando nace una estrella, o una amistad, o un hecho inolvidable el recuerdo vivo se prolongará hasta el infinito, será un siempre inmortalizado como en los azulejos nazaríes que se esconden en la belleza de la noche... un infinito que siempre vagará por los surcos que los sentimientos dejan cada trocito de cerámica vidriada... las puntas de la estrella, de la amistad, del hecho inovidable, del recuerdo vivo.... volarán hasta encontrarse con las nubes, volverán hasta el origen, se cruzarán, se separarán... pero lo harán siempre viajando por el infinito... como cuando la cornisa del arcoiris se vuelca para recordarte pasear por los campos de oro...
La iglesia de la Divina Sabiduría o Hagia Sophia (Άγια Σοφία), dedicada a la segunda persona de la Trinidad, es una de las obras cumbre del Arte Bizantino. Fue construida durante el mandato de Justiniano en Constantinopla, capital del Imperio Bizantino (hoy Estambul, Turquia)
Asomarse a una ventana es algo maravilloso... Yo me paso los kilómetros mirando por las ventanas de los coches, los trenes, los aviones... asomase a una ventana tiene magia... la magia de encontrarte un mundo ahí fuera que se llena de posibilidades... Cuando miras por la ventana te acuerdas de quien te aconsejó alguna vez que lo hicieras... Cuando miras por la ventana abres las puertas del sacramento del encuentro... si... del encuentro... encuentro con algo que es nuevo, con algo que es desconocido, con algo que decora la vida, que pone fondo a los sentimientos que llevas... toda una lección de sabiduría... conoces, asimilas, haces tuyo el paisaje... los campos, las casas, los árboles, los pequeños pueblos, las casas abandonadas, ... la sabiduría de una vida hecha historia... ¡...que maravilla...! Asomarse a la ventana es encontrarse con la magia de la sabiduría...
Las obras fueron encomendadas a Pedro Sánchez Falconete y se prolongaron hasta 1670. Es un edificio de planta rectangular, de una sola nave y cabecera recta que mantiene los esquemas de los templos conventuales hispalenses. Las bóvedas presentan una interesante decoración a base de yeserías geométricas de cartones recortados, que en la cabecera se transforman en temas vegetales, mascarones y puttis. La fachada se articula en tres cuerpos en altura, y en su parte superior se aleja del proyecto original y se debe al genio barroco Leonardo de Figueroa.
Finalizada la estructura arquitectónica, a partir de 1670 se emprendió la costosa decoración interior, en la que intervinieron los mejores artistas que entonces trabajaban en la ciudad. El retablo mayor fue encomendado al tracista Bernardo Simón de Pineda, mientras que para las esculturas se recurrió a Pedro Roldán, a quien se debe un espléndido relieve sobre el Descendimiento de Cristo que fue restaurado a finales de 2006 y que es, sin duda, una de las cumbres del barroco hispano.
Para las obras pictóricas Bartolomé Esteban Murillo y Juan Valdés Leal los escogidos, lo que ya da la medida de la relevancia de esta empresa religiosa y artística. Su programa iconográfico se basa en los propios estatutos de la Hermandad y, singularmente, en El discurso de la verdad, escrito por Miguel de Mañara ingresó en ella en 1662 y cuya figura ha sido decisiva en su historia.
La mejor expresión gráfica estos principios teológicos son los jeroglíficos de las postrimerías, dos lienzos de Valdés Leal: In ictu oculi y Finis Gloriæ Mundi. La fugacidad de la vida y la presencia de la muerte se presentan al espectador de manera descarnada en un intento de sacudir las conciencias e invitar a la caridad.
Murillo realza un programa iconográfico basado en las Obras de Misericordia y en algunas escena hagiográfica de la Santa y Reina Isabel de hungría (actualmente en proceso de restauración en el IAPH)
Otras obras de arte completan la ornamentación de esta Iglesia y justifican su visita: un magnífico púlpito de 1674 (año en que fue abierta al culto), la decoración pictórica de las bóvedas o la del coro, con otro lienzo de Valdés Leal sobre El triunfo de la Cruz; los retablos de la Virgen de la Caridad y San José; o la escultura del Santo Cristo de la Caridad, obra de Pedro Roldán.